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La hipoteca social

Por hipoteca social se entiende la deuda que se tiene con la sociedad y que se debe a la propiedad privada. Es decir, toda propiedad privada grava una hipoteca social. Así, la propiedad privada se ha definido como el poder jurídico pleno o completo de una persona sobre una cosa, de modo que el dueño tiene la capacidad de hacer o disponer de aquello que posee sin ninguna limitación por parte de otro. Aquello sujeto a propiedad son los bienes útiles y que pueda ser poseído, de ahí que un bien sea usado, disfrutado y a disposición del dueño. La propiedad privada implica necesariamente la exclusión de aquellos que no sustentan la propiedad.

La propiedad privada, por su puesto, que es un derecho natural para el ser humano, el tener para el hombre es tan natural como el caminar o respirar. La propiedad es una consecuencia natural del trabajo y, en particular, de la manera que el ser humano habita el mundo. Es así como se afirma que el ser humano es propietario por naturaleza y, en función de lo que posee, trabaja del mismo modo que trabaja para poseer. Asimismo, el ser humano es cómo construye un mundo humano. Si la propiedad es un asunto tan natural y bueno, es importante cuestionarse ¿por qué entonces grava algo tal, como una deuda social?

Para poder responder hay que hacer una distinción en las maneras de tener un bien. Por un lado está la apropiación y adscripción, y por otro la participación. La propiedad privad es apropiación o adscripción de un bien que, por naturaleza, es repartible y como se anotó al inicio esta apropiación indica la excusión participativa de los demás. Es legítimo el apropiarse de la comida suficiente para mí y mi familia, de un techo, vestido, etcétera. Es decir, de todo aquello que cubre y satisface las necesidades primordiales, y es legítimo también el poseer algunos bienes que satisfacen además de las necesidades algunos aspectos lúdicos y recreativos. La cave está en que en la propiedad y la adscripción privada no se lastime ni destruya la vida social.

El problema

El enorme conflicto que se vive hoy en las sociedades de consumo, producto de los ideales liberales y capitalistas es que la propiedad privada en lugar de ser un camino para la caridad y la solidaridad, se ha establecido como una ruta de ambición y desorden social en donde el que tiene más es “mejor”. La gravedad está en que no se asume que la propiedad implica una responsabilidad en el respeto a las obligaciones morales que se adquieren frente a todos los seres humanos del presente y de las generaciones por venir. ¿Cuáles son estas obligaciones que se adquieren junto con la propiedad? Por ejemplo, la ayuda a los más necesitados, en el compartir (no repartir) lo que se obtiene, en especial si hay abundancia.

A diferencia del Derecho, la propiedad privada natural no es absoluta ni incondicional, pues se dice que nadie puede reservarse para uso exclusivo suyo lo que de la propia necesidad le sobra, en tanto que a los demás les falta lo necesario. Esto último, es precisamente la deuda que se grava en el momento de adquirir la propiedad. La hipoteca social relativiza a la propiedad privada otorgando la verdadera dimensión de ésta. Cuando no se comprende que la hipoteca social es un efecto necesario de la propiedad privada, los seres humanos viven en la ilusión que nos heredó la ilustración con los ideales de fraternidad, igualdad y solidaridad, sin embargo estos ideales son falsos cuando se define a la propiedad como lo absoluto, pues bajo este entendimiento los medios con los cuales se consiga la propiedad pierden dimensión, entonces si lo que importa es tener y ganar, ya no importará el cómo ni a costa de qué o quién.

Como ejemplo de esto tenemos la sociedad actual, la cual vive preocupada por el futuro del planeta. Por ejemplo, si un país que produce, principalmente, bienes de consumo para fortalecer a la población en términos de adquisición, y está organizada en un sistema desde la extracción, producción, distribución consumo y desecho, nos debemos preguntar cómo es que se hace para que en la extracción no se destruyan los bosques o los océanos; o cómo se hace para no contaminar el ambiente. La cuestión está en que esto último son cuentos de hadas, pues para que una nación compita con otra en una economía del consumo, necesariamente se afectarán los bosques, las aguas, el aire, otras especies, pero lo más alarmante es que se afecta a la misma especie humana. Lo que cabe preguntarse es ¿dónde ha quedado la justicia social? Porque definitivamente no es justo que por el hecho de que unos consuman en orden al poder adquisitivo y al poder social mediante la riqueza, existan personas que se han quedado sin agua para beber porque se han contaminado los ríos, se han quedado sin tierras fértiles para arar o, lo que es peor, sin oportunidades. Esto último en el sentido en el cual hoy por hoy la empresa considera que es dueña tanto de los bienes de producción como de sus trabajadores, donde éste no tiene acceso a los mismos bienes que produce. Precisamente la relativización del concepto de propiedad introducida mediante la comprensión de la hipoteca social, indica que la empresa no es absolutamente dueña del capital, en tanto que la empresa es principalmente una comunidad de personas y unidad de trabajo. Una persona, ni su trabajo puede ser propiedad de otra. Lo anterior no es otra cosa más que entender que la economía ha de estar al servicio del hombre y no el hombre al servicio de la economía.

Es cierto que esta hipoteca social no es igual de urgente en todos los ámbitos. En efecto, hay ámbitos en los que la propiedad privada llevada de manera natural, en donde se incluye el beneficio social y el bien común no existe una gravedad como en otros ámbitos en los que por el egoísmo y la ambición generan una brecha muy grande entre la riqueza y la pobreza sin que exista ningún interés por compartir los excedentes económicos. Lo anterior nos puede llevar a repensar el capitalismo salvaje que se ha vivido en las últimas décadas y repensar su fundamento que es el liberalismo económico y el neoliberalismo. No es posible ni natural que el capital esté por encima del trabajo, ni que exista una instrumentalización del ser humano para fines del consumo y la riqueza. En efecto, se trata de un tema difícil, que tampoco nos puede llevar al otro extremo como al comunismo o socialismo, porque como se indicó la propiedad privada es natural y buena para el hombre. Más bien repensar este asunto de la hipoteca social va más en el camino de la formación en valores y virtudes más altas que el tener por tener, o que lo que se tiene nos define. Es imperativo formar a los hijos —y hacerlo por las generaciones que vienen— en la solidaridad y el criterio. Desafortunadamente, la publicidad del consumo se ha convertido en la formadora de los jóvenes, pues al vender modelos de vida y crear ilusiones quitan tiempo y capacidad de pensar lo verdaderamente importante.

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